Mi visita a Aracataca, el legendario Macondo de García Márquez
Por Eduardo Olivares Pérez
Por Eduardo Olivares Pérez
Muchos soñamos con viajar y conocer destinos remotos. Con un par de amigos, decidimos realizar una osada aventura. Una travesía por Latinoamérica en motocicleta, sin prisas, sin ansiedades. Desde México hasta Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, también conocida como el fin del mundo, en la Patagonia argentina. Previamente habíamos preparado un programa de la ruta. En lo personal, entre otros sitios, tenía un especial interés en visitar, como un viejo anhelo, Aracataca, el pueblo que el imaginario colectivo equipara con el mítico Macondo de Cien años de soledad.
Al estar en Colombia en su región Caribe, decidimos ir de Santa Marta, así sin h, a Valledupar, la capital mundial del vallenato, género musical que narra historias de la vida al compás del acordeón, la guacharaca y otros instrumentos. Tenía muy presente que entre estos dos sitios se encontraba Aracataca. Con mis amigos Julio Cesar, Enrique y Severiano, otro motociclista viajero de Bolivia que se había integrado a nuestro grupo en Cartagena, acordamos hacer escala en esa emblemática población colombiana.
Esa mañana desperté con mucho ánimo y emoción. Después de despacharme un humeante y delicioso sancocho de costilla con papas a manera de desayuno —parecido al caldo de res mexicano—, emprendimos la ruta desde ese paradisiaco lugar. Nos hicieron valla hasta la Ciénaga un ejército de árboles de totumo —conocidos en otros lugares como jícaro o morro— que crecieron a la vera del camino.
En el trayecto hacia el sur, pudimos apreciar a la distancia sobre el costado izquierdo la famosa Sierra Nevada. Vimos a ambos lados del camino infinidad de lozanas plantaciones de banano con distintas tonalidades de verde. Por ratos el tráfico era intenso y lento debido a la gran cantidad de camiones pesados que crujían en su andar cansado por su carga o por su edad. Cruzamos varios poblados sencillos, adornados por pequeños comercios y puestos, que en ocasiones no pasaban de ser simples mesas de madera con coloridos manteles de plástico, donde se exhibían frutas diversas; patillas —que en México llamamos sandías—, nísperos —chicozapotes—, bananos —plátanos— de diferentes tipos. Igual arepas; con queso, arepa e’ huevo. Cocos, cervezas Águila y Club Colombia, además de toda clase de chucherías. La frecuente presencia policial y militar, sea en retenes o apostados a los lados de la carretera, me hizo recordar que era apenas reciente la desmovilización de las guerrillas y grupos paramilitares, luego de un conflicto armado de más de medio siglo. Esa guerra, absurda como la mayoría de las guerras, provocó el derramamiento de mucha sangre y dolor en esa generosa tierra surcada por los ríos Magdalena y Cauca.
En determinado momento, guiados por un letrero carretero color marrón, tomamos la desviación hacia Aracataca, la población donde nació el laureado escritor Gabriel José de la Concordia García Márquez. Para algunos, conocido sencilla y afectuosamente como Gabo.
Luego de preguntar con amistosos lugareños, llegamos a la que era su casa. Estaba convertida en museo. La encontramos cerrada porque era la hora del almuerzo. Abrían de nuevo a las dos de la tarde. Para hacer tiempo, mis colegas se dispusieron a buscar dónde comprar una gaseosa. Aproveché para caminar calmadamente en solitario por el pueblo, por su parque. Sentí que había llegado a uno de los destinos simbólicos de mi peregrinación latinoamericana.
Aracataca, Macondo. Lo encontré tal cual lo imaginé, como mi pueblo, como mi infancia. Me evocó al viejo San Francisco Ixhuatán, donde nací. Al Juchitán de antaño donde crecí. A los pueblitos rurales de mi México lindo y querido. Las calles de tierra. La gente afable, me saludaba con familiaridad, como si fuésemos viejos conocidos de toda la vida. Un delicado aroma a gardenias perfumaba por momentos el ambiente. A lo lejos, se escuchaba el sonido de una vieja cumbia que viajaba perezosamente en el sopor de la tarde calurosa. Reconocí ese inconfundible olor a poblado provinciano. Todo en conjunto me hizo experimentar una especie de deja vú.
Yo estudiaba la educación primaria cuando llegó a mis manos Cien años de soledad vía mi padre, quien era un apasionado de los libros. La leí con avidez. Repasé una y otra vez muchas de sus páginas. El sumergirme en esa prosa metafórica exquisita dibujaba en mi mente a Macondo, sus personajes, sus historias y desventuras. Llegué a creer en la ingenuidad de esa temprana edad, que García Márquez se había inspirado en mi tierra, con sus amaneceres con olor a café recién preparado, el calor espeso y sofocante del medio día, el canto de los alcaravanes llamando al ocaso, los mitos, las leyendas.
Cuando regresamos a la casa museo, el encargado de la misma, un hombre delgado de edad madura, mirada amigable y vestimenta sencilla, nos dio la bienvenida con mucha cordialidad, casi con afecto. Me pareció que le dio gusto saber que éramos mexicanos. Luego de registrarnos en la libreta de visitantes, nos dispusimos a recorrer con toda calma las instalaciones que estaban disponibles solo para nosotros.
El andar por la casa museo fue en silencio, como cuando se visita un santuario. Conocimos las habitaciones, incluido el cuarto de Gabo niño. El corredor con sus macetas y plantas de colores me trajo a la mente a Úrsula Iguarán. El comedor con su loza puesta, parecía estar en espera de los comensales. Contemplamos el mobiliario, los gastados baúles, el acordeón, las centenarias fotografías familiares. Me hizo recordar con nostalgia la casona de ladrillos y tejas de mis abuelos —derrumbada por el terremoto de septiembre de dos mil diecisiete—, donde se respiraba un aire viejo de otros siglos, con paredes y objetos impregnados de memorias. Caminé por el patio entre los árboles, los tulipanes y los anturios, con una extraña sensación de paz añeja. Leer en los muros fragmentos de esa prosa profunda y poética que ya conocía, en ese ambiente tan singular, para un admirador de García Márquez como yo, fue demasiado. Unas lágrimas furtivas humedecieron mis mejillas. Con un suspiro di gracias a Dios en mi interior por permitirme realizar un viaje tan extraordinario. Al concluir la visita, nos retiramos de la casa museo en un estado de profundo embeleso.
De salida hacia la carretera, esperamos a que pasara el tren con su peculiar y melancólico compás; ta-trac, ta-trac, ta-trac. Llevaba carbón, gente. Seguramente también iba cargado de esperanzas. Cruzamos las vías, luego el puente sobre el río Aracataca. Coloridas mariposas revoloteaban a nuestro paso como si nos escoltaran a manera de despedida. En mi mente resonaba esa cumbia que cuenta la epopeya de un pueblo olvidado. Así partimos de ese legendario lugar, con un dejo de nostalgia y realización.
A lo largo de toda la travesía latinoamericana en motocicleta, logré percibir la existencia de un lazo invisible que nos une y nos hermana, desde el Río Bravo hasta la Tierra del fuego, conformado por el maíz, el castellano, el mestizaje, la prosa y el canto latinoamericano. Pude comprobar que, independientemente del país, la mayoría de nuestros pueblos provincianos guardan parecido con Aracataca, con Macondo. En cada lugar y vivencia, hay historias, recuerdos, sueños, poesía.
Al estar en Colombia en su región Caribe, decidimos ir de Santa Marta, así sin h, a Valledupar, la capital mundial del vallenato, género musical que narra historias de la vida al compás del acordeón, la guacharaca y otros instrumentos. Tenía muy presente que entre estos dos sitios se encontraba Aracataca. Con mis amigos Julio Cesar, Enrique y Severiano, otro motociclista viajero de Bolivia que se había integrado a nuestro grupo en Cartagena, acordamos hacer escala en esa emblemática población colombiana.
Esa mañana desperté con mucho ánimo y emoción. Después de despacharme un humeante y delicioso sancocho de costilla con papas a manera de desayuno —parecido al caldo de res mexicano—, emprendimos la ruta desde ese paradisiaco lugar. Nos hicieron valla hasta la Ciénaga un ejército de árboles de totumo —conocidos en otros lugares como jícaro o morro— que crecieron a la vera del camino.
En el trayecto hacia el sur, pudimos apreciar a la distancia sobre el costado izquierdo la famosa Sierra Nevada. Vimos a ambos lados del camino infinidad de lozanas plantaciones de banano con distintas tonalidades de verde. Por ratos el tráfico era intenso y lento debido a la gran cantidad de camiones pesados que crujían en su andar cansado por su carga o por su edad. Cruzamos varios poblados sencillos, adornados por pequeños comercios y puestos, que en ocasiones no pasaban de ser simples mesas de madera con coloridos manteles de plástico, donde se exhibían frutas diversas; patillas —que en México llamamos sandías—, nísperos —chicozapotes—, bananos —plátanos— de diferentes tipos. Igual arepas; con queso, arepa e’ huevo. Cocos, cervezas Águila y Club Colombia, además de toda clase de chucherías. La frecuente presencia policial y militar, sea en retenes o apostados a los lados de la carretera, me hizo recordar que era apenas reciente la desmovilización de las guerrillas y grupos paramilitares, luego de un conflicto armado de más de medio siglo. Esa guerra, absurda como la mayoría de las guerras, provocó el derramamiento de mucha sangre y dolor en esa generosa tierra surcada por los ríos Magdalena y Cauca.
En determinado momento, guiados por un letrero carretero color marrón, tomamos la desviación hacia Aracataca, la población donde nació el laureado escritor Gabriel José de la Concordia García Márquez. Para algunos, conocido sencilla y afectuosamente como Gabo.
Luego de preguntar con amistosos lugareños, llegamos a la que era su casa. Estaba convertida en museo. La encontramos cerrada porque era la hora del almuerzo. Abrían de nuevo a las dos de la tarde. Para hacer tiempo, mis colegas se dispusieron a buscar dónde comprar una gaseosa. Aproveché para caminar calmadamente en solitario por el pueblo, por su parque. Sentí que había llegado a uno de los destinos simbólicos de mi peregrinación latinoamericana.
Aracataca, Macondo. Lo encontré tal cual lo imaginé, como mi pueblo, como mi infancia. Me evocó al viejo San Francisco Ixhuatán, donde nací. Al Juchitán de antaño donde crecí. A los pueblitos rurales de mi México lindo y querido. Las calles de tierra. La gente afable, me saludaba con familiaridad, como si fuésemos viejos conocidos de toda la vida. Un delicado aroma a gardenias perfumaba por momentos el ambiente. A lo lejos, se escuchaba el sonido de una vieja cumbia que viajaba perezosamente en el sopor de la tarde calurosa. Reconocí ese inconfundible olor a poblado provinciano. Todo en conjunto me hizo experimentar una especie de deja vú.
Yo estudiaba la educación primaria cuando llegó a mis manos Cien años de soledad vía mi padre, quien era un apasionado de los libros. La leí con avidez. Repasé una y otra vez muchas de sus páginas. El sumergirme en esa prosa metafórica exquisita dibujaba en mi mente a Macondo, sus personajes, sus historias y desventuras. Llegué a creer en la ingenuidad de esa temprana edad, que García Márquez se había inspirado en mi tierra, con sus amaneceres con olor a café recién preparado, el calor espeso y sofocante del medio día, el canto de los alcaravanes llamando al ocaso, los mitos, las leyendas.
Cuando regresamos a la casa museo, el encargado de la misma, un hombre delgado de edad madura, mirada amigable y vestimenta sencilla, nos dio la bienvenida con mucha cordialidad, casi con afecto. Me pareció que le dio gusto saber que éramos mexicanos. Luego de registrarnos en la libreta de visitantes, nos dispusimos a recorrer con toda calma las instalaciones que estaban disponibles solo para nosotros.
El andar por la casa museo fue en silencio, como cuando se visita un santuario. Conocimos las habitaciones, incluido el cuarto de Gabo niño. El corredor con sus macetas y plantas de colores me trajo a la mente a Úrsula Iguarán. El comedor con su loza puesta, parecía estar en espera de los comensales. Contemplamos el mobiliario, los gastados baúles, el acordeón, las centenarias fotografías familiares. Me hizo recordar con nostalgia la casona de ladrillos y tejas de mis abuelos —derrumbada por el terremoto de septiembre de dos mil diecisiete—, donde se respiraba un aire viejo de otros siglos, con paredes y objetos impregnados de memorias. Caminé por el patio entre los árboles, los tulipanes y los anturios, con una extraña sensación de paz añeja. Leer en los muros fragmentos de esa prosa profunda y poética que ya conocía, en ese ambiente tan singular, para un admirador de García Márquez como yo, fue demasiado. Unas lágrimas furtivas humedecieron mis mejillas. Con un suspiro di gracias a Dios en mi interior por permitirme realizar un viaje tan extraordinario. Al concluir la visita, nos retiramos de la casa museo en un estado de profundo embeleso.
De salida hacia la carretera, esperamos a que pasara el tren con su peculiar y melancólico compás; ta-trac, ta-trac, ta-trac. Llevaba carbón, gente. Seguramente también iba cargado de esperanzas. Cruzamos las vías, luego el puente sobre el río Aracataca. Coloridas mariposas revoloteaban a nuestro paso como si nos escoltaran a manera de despedida. En mi mente resonaba esa cumbia que cuenta la epopeya de un pueblo olvidado. Así partimos de ese legendario lugar, con un dejo de nostalgia y realización.
A lo largo de toda la travesía latinoamericana en motocicleta, logré percibir la existencia de un lazo invisible que nos une y nos hermana, desde el Río Bravo hasta la Tierra del fuego, conformado por el maíz, el castellano, el mestizaje, la prosa y el canto latinoamericano. Pude comprobar que, independientemente del país, la mayoría de nuestros pueblos provincianos guardan parecido con Aracataca, con Macondo. En cada lugar y vivencia, hay historias, recuerdos, sueños, poesía.